Vuelvo desde lejos con cierto dolor lumbar, causados por movimientos inspirados en la danza... lamentablemente solo inspirados, ya que mi competencia física no llega si-quiera a compararse con una arritmia cardiaca. Me gustaría ser como la barata pisoteada, que con humildad y desafío les da una bofetada en las entrañas a sus depredadores al recuperarse.
Estoy en un retiro espiritual, sentado en mi pequeño trono que causa miradas de envidia, odio, respeto, cariño y admiración, a veces todo junto proveniente del mismo ser vivo, un adolescente. Con mirada distraída aunque penetrante, pelo sucio pero arreglado, zapatillas hediondas de marca conocida, pulseras de cien pesos que lo hace ir a la vanguardia juvenil y resaltar del resto, lleno de palabras sacadas de un diccionario de colegio municipal, dichas con tono de voz teatral para llamar la atención de los mayores. Las mas grandes ya se maquillan de forma sutil, con jeans ajustados a unas caderas algo mas pronunciadas que antes, y las que están pensadas en sacarle provecho, esa niña ya aprendió a usar la cuchara como encrespador de pestañas, tal como el cromañón sin darse cuenta llegó a evolucionar. En cambio el varón, ya usa algo de barba y bigotes, lo moldea, lo cuida, y con mucha paciencia lo deja crecer para que se convierta en una credencial de madurez. No saben nada. Ni comer, ni hablar, ni orar, ni rezar, ni cantar, ni leer, ni reír, ni sonreír, ni sentarse, ni buscar, ni pedir, ni organizarse, ni escuchar, ni dar gracias, ni ser, persona humana. Y sin embargo tienen todo el cariño que el tiempo pudo haber permitido que yo les diera.
Al rincón del salón calefaccionado, veo un curandero, un sacerdote, sentado en una silla nueva, Él apoya su viejo cuerpo cansado, pero con ganas de seguir robando oxigeno de esta tierra, lo medita y siente que merece este aire, ya que al igual que los grandes arboles florecientes, su humanidad se ha dedicado a dar un poco más que simple oxigeno a otros seres vivos, incluso a algunos muertos perdidos que caminaban en las calles. Él representa desde su pobreza al Dios Nazareno aquí en la tierra. Lo veo, lo miro y lo observo al compás del movimiento de sus pies friolentos, lo admiro, daría mis años de joven para que este anciano viva más. Lo pienso y me doy cuenta que soy muy afortunado al estar lleno de su compañía en sus últimos años, por lo menos los que cobra en este mundo, ya que para variar, hasta en eso lleva ventaja, Él ya tiene una habitación con su nombre en la siguiente etapa, un lugar donde yo también quiero ir.
Dedicado a mis jóvenes de confirmación, y a su párroco Ángel.
Jimmy Valenzuela Rodríguez
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